MALDITAS ETIQUETAS

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Últimamente he podido ver como la prensa especializada lanza al estrellato vinos con nombre rimbombantes y pegadizos. Es cierto que, desde el boom de la Ribera de Duero, se ha registrado en la oficina de patentes y arcas cada arroyo, cada finca, cada pueblo, de este país para pasar a ser impreso como marca en las miles de etiquetas que a fecha de hoy conforman la oferta del sector. Se persigue la máxima que dice que «si pones un nombre curioso a un vino tendrás mayor impacto en su presentación al mercado». Registrados pues, todos los parajes locales  hemos pasado a registrar las frases hechas, refranes y demás recursos fonéticos. La imaginación al poder. Cada vez mas difícil encontrar una par de vocablos que registrar en la clase 33 y que tengan chispa.

Por otro lado, hemos asistido a la evolución de las etiquetas que visten nuestros caldos desde finales de los 80 y vemos con satisfacción el gran avance que se ha producido en esta materia. Hemos pasado, del «amigo que dibujaba bien» ,a los profesionales del diseño que incluso se han especializado en esta materia.

Hasta ahí todo bien. Nombres pegadizos con etiquetas preciosas. Una combinación muy vendible por los medios que abrazando la modernidad, frecen su altavoz y encumbran vinos. Ejercen de descubridores de nueva oferta y olvidan que tras la magia del marketing una botella de vino debe enfrentarse en algún momento de su vida y evolución al dictamen del consumidor.

Se que es importante el apoyo mediático cuando uno está empezando pero hay que tener cuidado. Es tal la potencia de alguna de las marcas o etiquetas a las que aludo y tan grande la capacidad de difusión de los medios tecnológicos actuales que disminuyen enormemente la capacidad de reacción cuando las cosas vienen mal dadas. Hay productores que ven como sus primeras elaboraciones consiguen máximas cotas de atención nada más salir al mercado y defraudan cuando la evolución de sus vinos no cumplen c0n las expectativas creadas.

Por este motivo creo que es importante considerar cual es el momento idóneo para presentar en sociedad los vinos,  dando la mayor importancia al producto y dejando de lado el packaging y su nombre pegadizo.

Podría darse el caso de ser víctima de tu propio éxito por unas magníficas, malditas etiquetas.

 

 

 

 

 

 

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